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1 de noviembre de 2010

Comparativa España - Marruecos: Tú eliges

Poco a poco, con el paso de los días y la observancia de los carteles de comercios y tenderetes, fuimos comprendiendo que había muchos puntos en común entre dos pueblos tan distintos como somos españoles y marroquíes.

Los carteles reflejan la diferencia entre ambas culturas, pero también suponen un punto de encuentro: al menos, un punto de encuentro de intereses, el lugar para comprar y vender, la puerta de la alafía. Y es que, aunque esté feo decirlo, el interés nos une. La pela es la pela, o no?

Como último ejemplo, miremos el siguiente cartel: una joya del Marruecos imperial. Pertenece a la Cafetería Bab Mansour, situada justo enfrente de la impresionante Bab Mansour de Meknes, que aparece pintada con detalle en la parte superior del cartel. Evidentemente, el dueño de este comercio se preocupa por la satisfacción de sus clientes y por el mantenimiento del Patrimonio Histórico de su país, que no es poco. Si la lista de precios os parece una delicia, no os podéis ni imaginar cómo están los batidos multifruit.

Cafetería de Meknes (Marruecos). Un sitio ideal para merendar.

En otra línea, con otro estilo, el listado de precios español -más concretamente del sur peninsular-, carece del afán estético y el colorido de los marroquinos, pero también atraen y miman a su manera a los potenciales clientes. Veamos un ejemplo:

Aquí tenemos la clásica pizarra de precios española. Efectivamente, en cuanto a su apariencia no admite comparación con la belleza de cartel moruno que veíamos anteriormente. Aquí no hay color, no hay figuración. Con el paso del tiempo y la mucha tiza se volverá blanquinosa y triste, como todas las pizarras negras del mundo. Pero mira qué precios. Están para entrar y comprar. Y simplemente con leerla se pueden combartir los terribles calores de Sevilla en verano. No hay aquí la belleza barroquista de lo moro, pero refleja condensada toda la cultura de un pueblo sabio.

Pescadería de Sevilla (España). Buenos precios "anti-crisis".

En definitiva, como dice mi amigo Simón el de la Asesoría Carreño, “cada uno es como es, pero al final todos vamos por el interés”.

F I N


5 de septiembre de 2010

La aventura de Pedro

Como ya os decía, pasábamos los escasos ratos muertos que se producían en nuestro fascinante viaje al Marruecos Imperial mirando los carteles de los comercios morunos, comentándolos, bromeando sobre ellos. En general estos anuncios son reflejo del esmero con que los comerciantes cuidan su clientela, pero en algún caso fueron la solución a imprevistos y necesidades que nos iban surgiendo en nuestro quehacer turístico.

Una vez paramos en un pueblecito cercano a Fez porque uno de los todoterreno se calentaba en exceso. Decidimos esperar en una cafetería a que le echaran un vistazo al radiador del coche, pero Pedro, que no se pudo liberar de su ansiedad en todo el viaje, se arriesgó a visitar el zoco local por su cuenta. Se despidió brevemente, cruzó un bello arco moruno que servía de entrada al mercado y desapareció entre callejuelas llenas de tenderetes.


Por esta puerta se introdujo Pedro en una verdadera trampa para incautos

Aunque a nadie hizo gracia aquella imprudente escapada de Pedro, ni siquiera la comentamos, de acostumbrados que estábamos a sus impertinencias y desplantes.

Según él mismo explicó a la vuelta, callejeó un poco curioseando entre los puestos llenos de cachivaches hasta que descubrió justo enfrente a un moro que le miraba fijamente. Esquivó la mirada bajando los ojos hacia los cacharros cubiertos de polvo. Al momento alzó de nuevo la cabeza: el moro seguía observándolo sin pestañear. Decidió marcharse hacia otro lugar con la esperanza de perderlo de vista, pero aquel inquietante moro le seguía a cierta distancia. Lo hacía con descaro, a sabiendas de que era un turista incauto y que se encontraba solo. Posiblemente le había estado persiguiendo desde que cruzó el arco de entrada.

Pedro intentó darle esquinazo varias veces, pero todo fue inútil. El moro esperaba la mejor oportunidad para abordarlo y atracarle. En su desesperado pensar, Pedro se sabía doblemente perdido: ni sabía dónde estaba, ni cómo podía escapar de aquella peligrosa situación.


Pedro sufrió una terrible persecución por un laberinto de callejones como éste

Víctima del miedo, se volvía hacia su perseguidor y le mostraba sin disimulo sus puños cerrados, intentando intimidarle pero sin dejar de huir. Entonces le dio por mirar los carteles de los comercios y tenderentes que pasaban precipitadamente ante sus ojos, como si entre ellos pudiera encontrar una salida. A la derecha una tienda rara y un dentista. No le produjeron confianza alguna.


Tienda rara y dentista

A la izquierda lo vio claro: cus cus y pinchitos. Se precipitó dentro del bar.


Cartel salvador

- ¡Perdón, mesié! ¡Perdón, mesié!, - gritaba compulsivamente, intentando llamar la atención del camarero que le miraba extrañado sin comprender la causa de tanta agitación.

Pedro volvía la cabeza hacia la calle una y otra vez. El moro le esperaba justo en la acera de enfrente.

- Que voulez-vous? - se atrevió a preguntar el camarero desde el otro lado del humilde mostrador, temiéndose lo peor de aquel turista que parecía borracho… y español!
- Un té, pliss – respondió Pedro. Su voz sonó como la de un niño asustado.

El camarero se perdió tras la sucia cortina que separaba el infiernillo y varias ollas de cobre del resto del local, y Pedro se desplomó sobre una silla de la mesa más cercana. Miró a su alrededor. En el local había otros dos clientes. Parecían tranquilos. A través de la puerta abierta veía perfectamente a aquel moro cabrón mirándole fijamente, como un buitre esperando la muerte de su víctima. Con los puños apretados sobre la mesa pringosa, notaba cómo el miedo se iba convirtiendo en impotencia, y la impotencia en rabia.

Pedro no recuerda en qué instante me vio pasar por la puerta del cafetín junto con Miguel, otro de los comerciales premiados, que nos adentramos en el callejón para comprar tabaco. Quedamos muy sorprendidos cuando vimos salir precipitadamente de aquel sucio local a Pedro. Casi caemos los tres al suelo del ímpetu con que se abrazó a nosotros. Estaba pálido como la cera y tenía todo el rostro lleno de pequeñas gotas de sudor. No quisimos preguntar, pero supimos al instante que algo había ido mal. Muy mal. Poco después él mismo nos lo contó todo.


1 de agosto de 2010

Rupalfín y Zamene (II)


ZAMENE:
¿Te he dicho que mi hermana, la que vive en Errachidia, conoce a Ihen el herborista?

Ihen Ihen, el herborista

RUPALFÍN: ¿Y eso?

ZAMENE: Es que este hombre es conocido en todo el Tafilalt. Fíjate, que hasta en Errachidia saben de él. Mi hermana fue a verlo porque hace un año le salieron granitos por todo el cuerpo, y una mujer muy buena le habló de este herborista y de que curaba a la gente.

RUPALFÍN: ¿Y se curó?

ZAMENE: Le dijo que era cosa de los nervios, y le mandó unas hierbas para tomar en infusiones. Con el tiempo se le quitaron los granitos, y también le vinieron bien para los gases, porque mi hermana siempre ha sido de muchos gases, tú lo sabes.

RUPALFÍN: Sí... Nada más viendo el dibujo se nota que es un hombre sabio, verdad? Si te fijas, en el cartel se ha puesto él mismo, con su nombre y su cara...

ZAMENE: Por eso. Porque es un sabio.

RUPALFÍN: O porque a lo mejor se cree que es alguien, no? ¿Y eso no es pecado?

ZAMENE: No, porque este hombre es mu sencillo. Si fuera un hombre soberbio sí sería pecado, pero es muy bueno. Es como un santo.

RUPALFÍN: También se nota por el dibujo que es buena gente... ¡Es que el cartel lo dice ! Y encima es muy bonito, verdad? ¡Lo bien pintado que está! Yo creo que es el más bonito de todos.

ZAMENE: ¿Te has fijado que se ven desde las dunas de Merzouga hasta las montañas del Atlas?

RUPALFÍN: ¡Es verdad! ¡No me había dado cuenta! ¿Po sabes una cosa? Ahora estoy aquí mirando el cartel del dentista ese que tenemos enfrente, y me están entrando ganas de darle dos patadas, de lo feo que es. A que sí?

Patético cartel de dentista


ZAMENE: ¡Tranquilo, Rupalfín, que te pierdes!

10 de junio de 2010

Las cosas de Pedro


Poco a poco nos fuimos acostumbrando a las cosas de Pedro. El pobre hombre no conseguía relajarse, y la tensión de las horas muertas que pasábamos durante el viaje se le iba acumulando en su alma de comercial agresivo.

Para el tercer día de vacaciones nos tenían preparada una bonita excursión a Tinerhir, al Valle del Dades y la Garganta del Todra, y allí nos fuimos todos en caravana de todoterrenos.

Yo me encontraba bastante bien para afrontar el viaje: duchado, meado, cagado y bien desayunado, sacaba pecho como un metopa en perfecto estado de revista. Además, el paisaje me resultaba absolutamente embriagador.

La carretera zigzagueaba entre frescos palmerales y viejas montañas secas de tierra roja, de las que parecía haber huido la vida víctima de la sequedad más absulta.

Vista de Tinerhir y lugareño

La vista de las viejas casas de barro a los pies de una auténtica serpiente verde y rodeadas de tierra seca es una de las fotos más conocidas de Marruecos, pero siempre resulta sorprendente.

Río Todra

Todo aquello me encantaba. Observé a través del objetivo de mi cámara que había varias medinas en ruinas y fortificaciones antiguas a una y otra orilla del río. Todo indicaba que Tinerhir debió de ser un importante centro comercial desde muy antiguo, dada la cantidad y calidad de las construcciones de la zona.

Medina antigua

- Tinerhir debió de ser un pueblo muy próspero ya desde antiguo, verdad? Posiblemente fuera un rico centro comercial, en el que se negociaría con los productos de este fértil valle. Lo digo porque hay muchos restos de poblaciones antiguas a lo largo del río, y murallas y fortificaciones por todos lados - comenté.

Fortificación elevada

- Yo creo que las murallas y fortalezas las pusieron para frenar el viento, porque al ser una zona tan seca el viento trae mucho polvo, - aventuró Pedro.

Manolo le contestó irónico:
- Ya. Y la Alcazaba de Málaga la construyeron para frenar el terral, no?

2 de junio de 2010

Renovarse o morir


Mirar los rótulos de los comercios morunos se convirtió poco a poco en uno de los entretenimientos del viaje. En los numerosos tiempos muertos que se producen en el quehacer cotidiano del turista, nos distraíamos mirando carteles y desentrañando su significado.

Pudimos observar que hay carteles que sufren excesivamente el paso del tiempo o el cambio de modas. En definitiva, son las víctimas del caprichoso deseo de los turistas. Y se nota. El siguiente cartel, por ejemplo, muestra un negocio que tuvo su esplendor hace algún tiempo, y que ahora nos resulta obsoleto: la tienda de fotos. Allí comprábamos carretes de 100 ASA, pilas para el flash, una funda para la lente, un filtro… Con la fotografía digital, estos comercios tuvieron que renovarse o morir.

El deterioro del cartel refleja la crisis que sufre el sector.

Otros en cambio muestran la falta de pericia por parte del diseñador o dibujante. Los hay tan poco explícitos, que quedan confusos a los ojos del turista:


Club Internet: ¿Puticlub o ciber?

Caía ya la tarde y continuábamos con nuestro paseo turístico haciendo fotos, fijándonos en los rótulos de las tiendas y echándonos unas risas a cuenta de alguno de ellos.

- No todos los carteles son tan bonitos ni funcionan tan bien como el de Ihen el herborista, verdad? Mirad ese de Disco Amine, por ejemplo. ¿Qué os parece?


Comercio incomprensible.

- Que a la fachada le hace falta una manita de pintura general, y que al final tantos letreros y tantas luces resultan inútiles porque no hay quien entienda nada-, respondí.
- ¡No hombre, no! - exclamó Pedro con su impertinencia acostumbrada. – Seguro que esos carteles también tienen su porqué.
- ¡Claro que tienen su porqué, hombre! -, le interrumpió Manolo. - Los carteles son así porque estos negocios están medio arruinados. Ese local seguramente sería una tienda de discos al principio, pero no tendría éxito y el dueño la ha convertido en una especie de boutique de caftanes baratos. No creo que tenga otro porqué.
- ¿Y si es un reclamo por acumulación? ¿Y si se trata de una disco-boutique? "Disco-boutique": un nuevo concepto comercial que nosotros todavía no hemos descubierto. Podría ser, ¿no? ¡Compra ropa y llévate además la música que te sienta bien! ¿Qué me dices, Manolo?
- Que estás chalado.


29 de mayo de 2010

Ihen el herborista


Las herboristerías y pharmacies son las boticas del Magreb. Allí se encuentran remedios para todos los males, hierbas aromáticas, cremas y jabones, perfumes embriagadores, especias orientales... Son realmente unos comercios fascinantes.

Herboristería. Zoco de Rissani.

Algunos de estos locales, llenos de tipismo y botes viejos, se han convertido en una atracción turística más, y los herboristas viven esperando a que algún chipi autóctono les llene la tienda de extranjeros dispuestos a comprar cualquier jarabe dulzón.

Interior de una "farmacia". Medina de Fes.

Eso es exactamente lo que hicieron con nosotros. Los guías nos llevaron a una pharmacie montada para turistas y allí, sentados en unos banquitos, nos explicaban las bondades de los antiguos remedios morunos, nos daban a probar perfumes en frascos pringosos, jabón y aceite de argan, cremas para las manos, para la caída del cabello, hierbas para combatir el mal aliento y también para la impotencia masculina.

El muchacho que hacía las veces de herborista no paraba de responder “waha madam” a todas las preguntas que nuestras compañeras de viaje le hacían. Afirmaba sonriendo que tenía remedios para todo. Y yo le creía.

Herborista tipo "waha madam"

Sin embargo, Manolo el malagueño miraba todo aquello con cierto recelo:
- A mí me parece que este tío sabe de yerbas lo mismo que yo.
- ¿Por qué dices eso? -, pregunté al momento.
- Yo creo que éste es un pelagatos al que le han puesto una batita blanca porque sabe hablar español, y ahora pretende sacarnos la pasta.
- No estoy de acuerdo contigo. Eso es pensar mal de esta gente por la cara.
- Vosotros no tenéis ni idea. Si conocierais a Ihen el herborista, comprenderíais lo que estoy diciendo -, replicó Manolo.
- ¿Quién es ese Ihen?
- Ihen Ihen, el herborista de Rissani, es un auténtico sabio, un chamán; es el brujo de la tribu. Ihen sabe cosas que desaparecieron de los libros hace ya mucho tiempo, conoce todas las plantas del desierto y sus propiedades. Su familia las macera y las mezcla para conseguir brebajes que resultan poco menos que milagrosos, por las propiedades curativas que tienen. Él es un verdadero médico naturista, y no estos charlatanes de mercadillo.

Ihen Ihen, el herborista.

(Esta es mi foto favorita. La mejor de todas. Un día hablaremos más despacio de este impresionante cartel).

9 de mayo de 2010

Rupalfín y Zamene (I)


ZAMENE: Qué divertida ha estado la anécdota de los carteles explícitos, verdad? Y qué bien ha resuelto el elevalunas el misterio del cartel de los padres y los hijos. Ha sido muy emocionante!

Elevalunas ecléctico consigue descifrar el misterioso cartel

RUPALFÍN: Sí. Me recuerda a cuando hice la mili en Guercif, de las cartas que te mandaba. Como no sé escribir…

ZAMENE: Ni leer tampoco.

RUPALFÍN: … Como no sé escribir ni leer, tenía que buscar a gente que sí sabía y que nos cobraba a los que no sabíamos por escribir cartas a las novias y a las madres.


ZAMENE: Pero entonces esas personas leían las cartas de todo el mundo, no? Cartas íntimas, cartas de amor. Qué vergüenza, Rupalfín, ahora que lo pienso! Ese hombre leyó todas las cosas que tú me decías!

RUPALFÍN: Eso no es lo peor. Lo peor es que se aprovechaban de nosotros y nos cobraban muy caro. Tres dirhams por escribir la carta y cinco dirhams si ponían ellos el papel y el sobre.


ZAMENE: Muy caro, sí.

RUPALFÍN: Y como en Guercif hay tantos cuarteles, se hacían ricos a costa de la necesidad de la gente. Algunos reclutas les confiaban papeles suyos o de su familia, y los escribanos hacían lo que querían con ellos. Dicen que hubo uno que se quedó a su nombre casas y tierras de reclutas analfabetos.

ZAMENE: Eso es robar. Deberían cortarle las manos y así ni escribían ni robaban más.

RUPALFÍN: Yo por eso no he querido aprender a escribir todavía. Porque me dan miedo los papeles.

5 de mayo de 2010

Carteles explícitos

Sucede que en Marruecos todavía hay mucho analfabetismo entre la población adulta, en especial entre la mujer rural, que en un sesenta por ciento no sabe leer ni escribir, ni conoce el árabe clásico ni el francés. De modo que los comerciantes se las tienen que ingeniar para publicitar sus productos de forma que los mensajes lleguen a las amas de casa, sepan leer o no. Y lo hacen como se ha hecho toda la vida: mediante el uso de la imagen.

A continuación os voy a mostrar un buen ejemplo de todo esto: un puesto ambulante en el zoco de Rissani. En la foto podemos ver que venden pescado (con pimientos y limón opcionales), harera, té y refrescos. Para comprar algo no hace falta saber idiomas: hay que señalar claramente el dibujo del producto requerido indicando con los dedos la cantidad deseada. Y funciona.


Puesto ambulante en el zoco de Er-Rissani.

- La mayoría de estas mujeres sólo se comunican usando dialectos bereberes y no tienen ni idea de leer o escribir. Se encuentran muy limitadas en ese sentido - explicó al punto Pedro, sin que nadie le hubiera dado vela en aquel iconográfico entierro.

- Este tío empieza a caerme gordo -, me susurró al oído Manolo.

- En Morroco mucho burro y poco curro. Gente ve carteles y sabe lo que hay - dijo Said en un castellano horrible, pero que a todos nos pareció tan explícito como los carteles.

Si observamos la siguiente foto podremos entender claramente lo que quiso decir Said el chófer. Esta verdadera joya de la cartelería popular no necesita comentarios. Si acaso, reseñar el cambio de teléfono perfectamente resuelto y nada más.

Instalador de gas autorizado en Bhalil.

- Es la sabiduría popular, no hay duda. La imagen es un lenguaje que todos entienden - aprovechó para apostillar el impertinente Pedro.

Recorríamos un terreno bastante agreste por la zona de Kandar, y Manolo parecía empezar a cansarse de las explicaciones del locuaz compañero. Resoplaba mientras miraba hacia fuera por la ventanilla. Al doblar una curva, nos encontramos de frente con un portal rodeado de una alta tapia. Sobre la puerta se veía el siguiente cartel:


En el rostro de Manolo se reflejaba la tensión interior. No pudo contenerse más y le espetó:

- Anda, tío listo, ¿y éste? ¿Por qué no nos dices lo que significa este cartel?


20 de abril de 2010

Bhalil

Por fin llegamos a alguna parte: un pequeño pueblo, muy pintoresco, en el que la gente vivía en cuevas horadadas en la ladera de un monte.

Cuevas en Bhalil

- Esto me recuerda al Sacromonte, - dijo Manolo.
- Es igual, pero en la otra orilla, - aventuró Pedro, y todos nos volvimos para mirarlo extrañados menos Said el chófer, porque no entendió la frase.
– Si nos damos cuenta, Andalucía y Marruecos son iguales. Es como si el mar fuera un espejo: una orilla es reflejo de la otra orilla. Y este pueblo es como el Sacromonte en Granada; y Nador es como Algeciras, y Chaouen como Arcos de la Frontera…
- Pero esos sitios no están en paralelo, no se corresponden - me atreví a interrumpir.
- Es que el desplazamiento no fue solamente en línea recta. Los continentes también se desplazaron lateralmente y eso...

Mientras soltaba su perorata, Pedro gesticulaba moviendo las manos como si de Europa y África se trataran. Los demás hacíamos esfuerzos por entender aquellos vaivenes tectónicos.

Interior de una casa-cueva

– En la prehistoria los continentes estaban juntos, pero fueron separándose poco a poco. Ahí nació el mar Mediterráneo, del agua que se coló del océano Atlántico al abrirse la tierra. Y esos sitios que os digo son iguales porque antes estaban juntos. Mirad el monte Gurugú y el peñón de Gibraltar. La prueba de que antes los dos sitios estaban juntos es que en el Gurugú viven los mismos monos que en Gibraltar, ¿comprendéis?


Monos en el Gurugú

- ¿Los monos de Gibraltar son los mismos que los del Gurugú?, -preguntó Manolo.
- Claro que sí. Lo miras en Internet, si quieres. Y este sitio estaba antes al lado de Granada, por eso la gente también vive en cuevas como en el Sacromonte.

Todos nos quedamos en silencio, reflexionando sobre las palabras de Pedro. La verdad es que este Pedro decía a veces cosas raras. Lo hizo en varias ocasiones durante el viaje.

12 de abril de 2010

Los premiados


Mantener una conversación animada y lúcida es uno de los mayores retos que debemos afrontar cuando viajamos con un grupo de desconocidos. No es fácil, pero merece la pena intentarlo, porque alegra el camino y a veces se conocen personas curiosas. Todavía no sabía si aquel iba a ser el caso, porque apenas habíamos iniciado este viaje por el Marruecos Imperial por gentileza de nuestra empresa Privacost, S.L. como premio o remuneración en especie por los buenos resultados obtenidos en las ventas del primer trimestre del año.

En total íbamos trece personas en aquel viaje de empresa, diez comerciales de Privacost seleccionados de toda España (sin acompañantes) y tres conductores-guías locales que viajaban con nosotros, distribuidos en tres vehículos todo terreno que no estaban nada mal. En el nuestro viajábamos Manolo Reguera, malagueño, casado y con una hija; Pedro Monasterio, natural de Logrosán pero residente en Mostoles; Said el chofer, un moro negro con bigote muy callado, y yo. Parecían buena gente.

El paisaje era seco, polvoriento...

El paisaje era seco, polvoriento, duro. Pensé que era un buen momento para inciar una conversación animada y lúcida, para conocernos un poco mejor. Desde que bajamos del avión casi no habíamos parado ni un instante. El malagueño parecía un hombre tranquilo, cansado quizás. No hablaba mucho, pero lo hacía con mucha gracia. Tenía un ceceo que le daba a todo lo que decía un barniz de sabiduría popular. Me gustaba aquel hombre.

Sin embargo, Pedro se mostraba muy nervioso. Quería verlo todo, probarlo todo. No mantenía ninguna conversación, parecía evadirse con mucha facilidad. Nos comentó que estaba divorciado pero no tenía hijos, y que estaba ansioso por llegar a cualquier lugar, por insignificante que fuera, para hacer fotos y comprar souvenirs inútiles. Todo le parecía bello y pintoresco. Todo le fascinaba.

Los chóferes se comunicaban por walkytalky, y pasada como una hora larga de camino paramos junto a unos tenderetes que estaban en medio de la nada, con la esperanza de poder aliviar los vientres de algunos de los premiados. Es verdad que no se puede viajar con el culo apretado, porque las fotos salen movidas.


Tenderetes en medio de la nada

Los tres vehículos quedaron perfectamente alineados al pie de la carretera. Detenidos en aquel erial parecíamos una ONG catalana. Rosa Solans, una alicantina que viajaba en otro coche, salió disparada hacia las casetas destartaladas. Otros la siguieron.

Manolo y yo aprovechamos para fumar. Nos refugiamos del viento detrás de los coches, encorvándonos para poder encender el cigarrillo. Pocos segundos después teníamos a nuestro lado a un lugareño montando el chiringuito para vendernos algún souvenir.

Buscavidas autóctono

- Es increíble la rapidez con la que ha montado el tinglado. Ni lo he visto llegar. ¿Cómo es posible que tengan esa energía y a la vez sean tan pobres?, - pregunté.
- Es la voluntad de Alá, - respondió Manolo mientras se volvía discretamente para mear.

7 de abril de 2010

El viaje


Hola, queridos y queridas. Empezamos aquí una nueva serie de relatos -más bien anecdotario disperso- localizados en pleno corazón del Marruecos Imperial, historias desparramadas a los pies del Atlas, leyendas que fluyen entre palmeras y cabras bajo la atenta mirada de la Gendarmerie Royal.

Al principio pensé en ponerle algún título apropiado, del tipo “El corazón de Marruecos”, “Viajes por un futuro remoto”, “Vistas del Marruecos imperial” o algo así, pero acabaron pareciéndome nombres pretenciosos y hasta ridículos: para ser sinceros, nunca he estado en Marruecos. Soy como esos viajeros de salón decimonónicos, hoy viajero de internet con blog y tiempo libre. Por esto decidí dejarlo en “Puntos de encuentro”, y ahí está.

Para que no ocurra como con otras series de este blog, siempre aburridas y a ratos patéticas (léase Hazañas bélicas por ejemplo), he querido dotar a esta historia de todo el atractivo posible, esforzándome en reunir una variedad de elementos que la convertirán sin duda en un best-seller bloggero:

Un todo terreno grande como un carromato,

(realmente potente el vehículo todo terreno que la agencia de viajes puso a nuestra disposición) (con conductor)


Bellos paisajes,

(Tinerhir)


Exóticos lugareños,

(perdón)


(ahora sí)


Rincones evocadores,

(Bhalil)


Y lo más importante: personajes de las mil y una noches.

(Alí Babá)